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Fuente del texto: Los congresos del PCP (I º – IIº – IIIº), Ediciones Unidad, Lima, 1989; págs. 1-15.
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https://www.marxists.org/espanol/tematica/partidos/peru/pcp/los-congresos-del-pcp-i-ii-iii.pdf
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero 2026.
Con el presente volumen, queremos responder a la necesidad de que se conozcan los principales documentos del Partido Comunista Peruano, entre ellos los correspondientes a sus tres primeros Congresos. Dada la gravitación política que ha tenido y tiene el PCP en la vida del país, los estudiosos de ella deben estar bien informados, empezando no por la elaboración histórica propiamente dicha, sino por las fuentes de primera mano. Su desconocimiento ha causado diversas tergiversaciones: unas, procedentes de estudiosos bien intencionados —aunque no libres de viejos prejuicios— y, otras, creadas por deformadores conscientes de mentalidad reaccionaria o conservadora.
Nos proponemos entregar, pues, una esclarecedora contribución a la historia social de nuestro país, de modo particular al proporcionar el conocimiento de los análisis realizados por el PCP, en cada situación concreta, durante las diferentes etapas de su existencia y en la elaboración de su línea táctica en el marco de la estrategia general. Estrategia orientada a la liberación nacional y a abrir el camino socialista en nuestra patria.
Como puede advertirse, en este volumen se reflejan situaciones políticas muy distintas de las que hoy vivimos, en cada una de las cuales se acopiaron y exhibieron ideas y experiencias útiles a la educación de nuestro pueblo, en especial de los trabajadores y combatientes revolucionarios.
Los tres primeros Congresos se realizaron entre 1942 y 1948. Hoy día, publicamos las conclusiones, las resoluciones políticas, orgánicas y programáticas, así como sus antiguos estatutos. Incluimos asimismo —en el apéndice— las resoluciones de la Primera Conferencia Nacional de Organización, los informes políticos debatidos en algunos Plenos del Comité Central y los Principios Programáticos, elaborados por José Carlos Mariátegui. Insertamos, a continuación, el pronunciamiento del Partido frente al golpe de Odría.
Los documentos del PCP correspondientes a los Congresos posteriores, Conferencias Nacionales y otros eventos, aparecerán después, en dos tomos, con lo cual completaremos la serie proyectada por la Comisión Nacional de Historia de nuestro Partido.
Las frecuentes razzias policiales, ocurridas en diferentes períodos, nos impiden disponer de los informes centrales debatidos en cada uno de los Congresos que figuran en la presente publicación. Sin embargo, no abandonaremos la búsqueda de tan importantes materiales, indagación a la que, estamos seguros, contribuirán los investigadores sociales y los militantes comunistas y amigos que pudieran tener acceso a dichos documentos.
Presentaremos, a manera de introducción, algunas experiencias vividas y la interpretación de determinados hechos en torno a los Congresos. Ambos, habrán de constituir un testimonio útil a los historiadores e investigadores científico-sociales.
Motivo de extrañeza es la razón por la cual el Primer Congreso sólo pudo realizarse catorce años después de fundado el Partido. Alguien podría suponer que su fundador, José Carlos Mariátegui, minusvaluó la importancia de este paso elemental. Pero la realidad es otra. Algunas actividades y manifestaciones del Amauta en el último tramo de su vida evidencian que esa tarea figuraba en su agenda de aquellos días. Con este fin, elaboró documentos diversos destinados precisamente a organizar un certamen de esa naturaleza. La propia organización celular del Partido, proyectada para todo el ámbito del país, indicaba la necesidad de conformar una estructura unitaria, en base a la ideología marxista y a una sola línea política, objetivos que debían ser alcanzados consultando esos documentos con las bases. El propio Amauta lo precisa así, a continuación del noveno principio programático: "Anexas al programa —sostiene—, se publicarán proyectos de tesis sobre la cuestión indígena, la situación económica, la lucha antiimperialista, que después del debate de las secciones y de las enmiendas que en su texto introduzca el Comité Central, quedarán definitivamente formuladas en el Primer Congreso del Partido" (el subrayado es nuestro). [1]
Más adelante, en la parte específicamente reivindicativa de los Principios Programáticos, reitera la idea congresista correlacionándola, además, con el problema de la legalidad: "La libertad del Partido para actuar pública y legalmente, al amparo de la Constitución y de las garantías que ésta acuerda a sus ciudadanos, para crear y difundir sin restricciones su prensa, para realizar sus congresos (el subrayado es nuestro) y debates, es un derecho reivindicado por el acto mismo de la fundación pública de esta agrupación".[2]
De este aspecto colateral aludido, se infiere que Mariátegui tendía a la democracia interna real y firme, que era ajeno a todo autoritarismo y al reemplazo de las decisiones colectivas por las de un grupo inorgánico o por una personalidad o caudillo. De ahí que se interesara en la realización de un Congreso. Le inspiraba esa posición, además de las razones expuestas, su concepto doctrinario de que la clase obrera y la población explotada son los agentes de la transformación revolucionaria y deben participar, por ello, directamente en las decisiones y en su ejecución.
Infortunadamente, la ardua tarea de construir el Partido comenzando por su núcleo de dirección y bajo los principios del centralismo democrático, resultó súbitamente interrumpida con el fallecimiento de José Carlos. La represión fascistizante de Sánchez Cerro y Benavides, de una parte, y el personalismo liquidacionista de Ravines, de otra, atentaron contra el camino trazado por Mariátegui también en este aspecto vital.
De los factores negativos mencionados, sin duda, el más perjudicial fue la acción de Ravines y su grupo, que coparon la dirección del Partido durante doce años.
No ignoramos las dificultades que tropieza la realización de un congreso comunista, en medio de una represión brutal y sanguinaria. El Partido, que había nacido enfrentándose a la dictadura civil de Leguía, supo actuar en condiciones de clandestinidad burlando el asedio policial, como lo hizo con motivo de la constitución del Comité Organizador en La Herradura (16-IX-1928) y de la fundación oficial del Partido en Barranco (7-X-1928). La represión, por tanto, no constituía un obstáculo insalvable. El mismo José Carlos Mariátegui fue apresado dos veces. La primera, en 1927 y la segunda, en 1929. Era posible culminar la tarea congresal, prevista por Mariátegui, de manera similar como se actuó frente a la CGTP.
Al mismo tiempo esa clandestinidad se combinó con la actividad legal, nunca abandonada. En el contexto sangrientamente represivo de las dictaduras militares de Sánchez Cerro, Benavides, etc., los comunistas trabajaron intensamente en la conducción de las luchas obreras, campesinas y estudiantiles a través de la CGTP, la Federación Indígena Regional Peruana, la Federación de Yanaconas del Perú, el Grupo Rojo Vanguardia en los medios universitarios y el Socorro Rojo de asistencia a los camaradas presos, heridos y sus familiares. Dieron también pasos certeros para afirmar la centralización sindical mediante la realización del Plénum de la CGTP (virtual 1er. Congreso Nacional realizado en 1930) y la Conferencia Sindical de Lima y Callao (1931).
La actuación erosionante de Ravines que no pudo matar la mística revolucionaria germinada en vida de Mariátegui, significó, en cambio, un inconveniente de carácter material y espiritual, que afectó seriamente al factor subjetivo fundamental, vale decir, al Partido en lo que atañe a las relaciones de confianza, y la seguridad en el funcionamiento clandestino. Ya hemos demostrado antes[3] cómo este sujeto menospreció totalmente la democracia interna, alentando e imponiendo un desmesurado culto a su persona y un autoritarismo excluyente en la vida interna del Partido, incluyendo la sistemática liquidación de numerosos cuadros en formación, lo cual debilitó la estructura orgánica de éste. Bajo la dirección de Ravines se abandonó no sólo la aplicación científica —mariateguista— del marxismo- leninismo a nuestra realidad. Se abandonaron, paralelamente, el método y el estilo de Mariátegui, en la conducción política y partidaria. Impuestas esas condiciones, desapareció virtualmente el núcleo de colaboradores componentes del Comité Organizador que acompañó a Mariátegui, la mayoría de los cuales permaneció, no obstante, trabajando en forma dispersa. No hubo, en esa sombría etapa, un Comité Central elegido y estable y fue bloqueado el uso cabal de la crítica y la autocrítica para sustituirlos por el "ordeno, mando o liquido" a lo cual se sumaron los bandazos políticos de Ravines de izquierda-derecha, imputables, no únicamente a él, pero dependientes de su voluntad omnímoda, y no atribuible —en ningún caso— a una posición colectiva, democráticamente adoptada.
Devino natural, entonces, a manera de anticuerpo en el curso de las luchas de masas y el comportamiento heroico de cuadros abnegados y combativos, el surgimiento de una corriente sana que fue enfrentándose cada vez con mayor entereza al liquidacionismo de Ravines.[4] Un núcleo de dirigentes formados por Mariátegui —algunos de ellos presos, durante largo tiempo, bajo los gobiernos de Benavides y Prado— tomó fuerza decisiva y ganó firme autoridad ante las bases, cuando Ravines —desde Chile— y sus seguidores, en Lima, se arrojaron a los brazos del gobierno pradista.
La reestructuración, promovida por este importante núcleo, coincidió y se apoyó dialécticamente en la nueva coyuntura internacional signada por la Segunda Guerra Mundial, el ataque nazi a la Unión Soviética y el peligro de la expansión fascista por todo el orbe. Factores que condujeron a poner a prueba la entereza o la endeblez de los dirigentes partidarios y a generar una relativa apertura democrática, al mismo tiempo que obligaron a dinamizar la actividad partidaria. Se apoyó este viraje también en la reactivación del movimiento obrero, relacionada con el incremento cuantitativo y cualitativo del proletariado industrial, minero y agrícola en el curso de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias ocasionadas por la crisis. La clase obrera dio un salto de esta índole, mientras permanecieron semiparalizados nuestros puertos, durante el gran conflicto bélico, y ello determinó la necesidad de una industria nacional que sustituyera la importación de muchos productos manufacturados.
El movimiento de reestructuración partidaria se inició en la Cárcel Central de Varones de Lima, dirigido por militantes comunistas consecuentes que emprendieron una lucha frontal contra el grupo ravinista enquistado en el secretariado del C.C., y culminó con una Asamblea Extraordinaria convocada por esos camaradas, que ya habían recobrado su libertad, y por otros, radicados en provincias, identificados con la corriente sana.
La Asamblea Extraordinaria a la que no pudieron sustraerse los elementos ravinistas, debatió durante varios días la línea política y los problemas internos. Al finalizar, fueron expulsados, del Partido, Ravines y sus más cercanos acompañantes denominados "la troika", conformada por Nicolás Terreros, Julio Portocarrero y Antonio Navarro Madrid. Ese evento sentó las bases para restablecer el centralismo democrático y eligió al Comité Organizador del Primer Congreso Nacional. De este insólito, pero indispensable episodio, existen en nuestros archivos las actas del juzgamiento del grupo liquidador, y de los debates procesados en los organismos de Dirección Nacional, documentos que reflejan —con gran nitidez— las posiciones políticas y la actuación concreta de los dirigentes, que encabezaron la lucha contra las desviaciones y el liquidacionismo ravinista.
Una clamorosa muestra de tan graves desviaciones protagonizadas por esos "dirigentes" fue su renuencia a adoptar posiciones solidarias y rotundas con la URSS frente al artero ataque de las tropas nazis al territorio soviético.
EI Primer Congreso se efectuó entre el 29 de setiembre y el 5 de octubre de 1942. Su convocatoria y realización fueron fruto de quienes se propusieron restablecer el carácter revolucionario del Partido a fin de reemprender, con firmeza marxista-leninista el camino de Mariátegui. Eso requirió un viraje de 180 grados tanto en la orientación ideológica y política como en la estructura y funcionamiento orgánicos.
El Primer Congreso fue posible y se sustentó igualmente, por la convicción y la fe revolucionaria, generadas en las bases del Partido y en los cuadros intermedios durante los períodos de sañuda represión desatada contra ellos. Obligados anteriormente a actuar siempre en la clandestinidad, cada uno de los comités regionales y las células del Partido realizaron sus debates congresales con las reservas del caso y acopiaron centavo a centavo los fondos para financiar su asistencia al certamen nacional.
El acto inaugural del Primer Congreso se llevó a cabo semiclandestinamente en el local del "Centro Social Textil" y las sesiones de trabajo se efectuaron en una modesta vivienda del Barrio Obrero del distrito limeño de La Victoria perteneciente a un camarada chofer apellidado Herrera que, para el efecto, fue rodeada de la más estricta seguridad.
Venciendo las dificultades propias de una experiencia completamente nueva, no resultó fácil el tratamiento de cada uno de los puntos del orden del día ni la elaboración de las conclusiones y resoluciones. El Congreso abordó, en primer lugar, un balance del trabajo de la Dirección Nacional anterior; luego debatió, profundamente, las graves desviaciones de derecha que ella cometió. El evento confirmó la expulsión de Ravines y su grupo condenó y sancionó a quienes frenaron las luchas reivindicativas de los trabajadores y se sometieron incondicionalmente al régimen oligárquico de Manuel Prado, y se negaron a desarrollar una activa solidaridad con la URSS y otros países agredidos por el fascismo con el pretexto paradójico de defender la legalidad del Partido y de favorecer, supuestamente, a través de este gobierno a las fuerzas contrarias a la agresión hitleriana.
Con relación a esto último, el certamen subrayó la importancia decisiva de la Unión Soviética en su lucha contra el hitlerismo. Ante la agresión fascista, las fuerzas defensoras de la soberanía en cada país directamente agredido —incluyendo los partidos comunistas de esos países— propiciaban allí la Unidad Nacional, concretada en la resistencia a los invasores y el combate a sus aliados internos. Al calor de esta resistencia patriótica, los Gobiernos de aquellos países procuraban asegurar el apoyo de sus pueblos mediante una efectiva democratización interna. Ocurrió, sin embargo, que en el Perú —como en la mayoría de los países de América Latina— nuestros partidos trasplantaron mecánicamente esa orientación, sin aquilatar el carácter proimperialista y oligárquico de los respectivos gobiernos, así como su oposición clasista a las reivindicaciones y derechos democráticos de los trabajadores.
La línea de Unidad Nacional del Primer Congreso, influida en apreciable medida por tales concepciones, no puso suficiente énfasis en el señalamiento del carácter dual del gobierno pradista; quiso concordar erróneamente la ubicación internacional de éste con los intereses de la oligarquía financiera e industrial criolla que representaba Prado, a la que se consideraba burguesía nacional, hipotéticamente patriótica. En realidad, se trataba de un régimen gran burgués fuertemente vinculado al capital financiero norteamericano, a pesar de sus posturas internacionales identificadas con la alianza mundial antihitleriana. Eso explica por qué, en ese mismo terreno, era un gobierno seguidista y acólito del Departamento de Estado yanqui. Debemos señalar, no obstante, que el apoyo a la política internacional de Prado, generadora de la trasplantada consigna de Unión Nacional fue contrarrestada, en la praxis de nuestra política interna, por una defensa consecuente de los intereses de los trabajadores, con la participación en las luchas inmediatas y mediatas de la clase obrera y de nuestro pueblo contra la ofensiva patronal y gubernamental, así como al trazar una plataforma muy clara y concreta contra Hitler. Los principales puntos de dicha plataforma se sintetizan diáfanamente en el numeral tercero de las conclusiones congresales.
El Congreso propuso, en consecuencia, realizar un intenso trabajo orientador, organizativo y de lucha de los trabajadores de la ciudad y el campo, y de las grandes masas populares (numeral sexto); modificar radicalmente la concepción ravinista de "Partido de cuadros", a fin de convertirlo en Partido de cuadros y de masas enraizado fundamentalmente en los sectores obreros y campesinos y en las comunidades indígenas. Recomendó, incluso, buscar un acercamiento democrático a las tendencias consecuentemente patrióticas de la Fuerza Armada, señalando también la necesidad de que los jóvenes comunistas cumplan con el servicio militar obligatorio, como parte de la preparación de nuestro pueblo para defender a la patria de la agresión fascista e imperialista.
Los análisis de la realidad de entonces y sus conclusiones constituyen un desmentido a las groseras tergiversaciones de nuestros adversarios que pretendieron acusar al PCP de apoyo incondicional al gobierno de Prado atribuyéndonos la autoría de aquella frase infeliz que calificaba a este mandatario como el "Stalin Peruano". Burda versión aprista que nunca se respaldó con testimonios comprobatorios. No está demás anotar al respecto que, en tanto dicho gobierno amnistió al comienzo de su mandato, en 1939, a numerosos presos políticos, entre ellos a algunos comunistas, se negó a beneficiar de la misma manera a nuestros camaradas que se opusieron desde la prisión al pacto electoral negociado por la dirección nacional ravinista con el candidato oligárquico.[5]
Finalmente, el Congreso aprobó los primeros Estatutos del Partido, definió su emblema y restableció, después de muchos años, vínculos fraternales y activos con el movimiento comunista internacional y el movimiento antimperialista de América Latina. El internacionalismo, inculcado por el Amauta y ahora reivindicado, se vio correspondido en esta oportunidad por la asistencia al evento de los camaradas Carlos Contreras Labarca y Andrés Escobar, delegados del P.C. de Chile, y con los mensajes de saludo de la mayoría de los partidos hermanos del continente y otras partes del mundo.
EI II Congreso del Partido se efectuó cuatro años después del primero. Tuvo lugar entre el 24 y el 30 de marzo de 1946, y se llevó a cabo muy poco tiempo después de la contundente y epónima victoria del bloque mundial antifascista que puso término a la Segunda Guerra Mundial, en la que cupo papel cimero y determinante a la Unión Soviética. Es decir, luego del acontecimiento más importante del mundo posterior a la Revolución de Octubre de 1917. En el plano interno, influido poderosamente por el contexto internacional, el ambiente estaba saturado también por el triunfo popular en las elecciones generales de 1945 que llevara al gobierno al Frente Democrático Nacional y al presidente de la República, Dr. José Luis Bustamante y Rivero.
El primero de estos hechos creó condiciones muy favorables al avance impetuoso de las fuerzas antimperialistas, al movimiento obrero y a los partidos comunistas en el ámbito mundial.
Los comunistas de cada país agredido hicieron honor a su inspiración ideológica y a su papel consecuente con la lucha por la liberación nacional y social. Encabezando siempre esta lucha, ella se hizo más evidente e importante cuando se colocaron a la vanguardia de la heroica resistencia al siniestro bloque del nazifascismo europeo con el imperialismo japonés.
En varios países de Europa Central y de Asia surgieron revoluciones victoriosas, orientadas hacia el socialismo dando lugar así al surgimiento del sistema socialista mundial. Los países dependientes, coloniales y semicoloniales iniciaron el camino de su liberación nacional y la destrucción total del sistema colonial imperialista.
Tan grandiosos avances repercutieron profundamente en América Latina y en nuestro país.
Pero al mismo tiempo, y como consecuencia de ello, los Partidos Comunistas que engrosaron sus filas y extendieron su influencia como nunca, afrontaron dialécticamente dos nuevos factores adversos que se harían luego muy peligrosos.
De una parte, las ilusiones sobre un posible mundo de paz y de prolongación en la post guerra del frente mundial antifascista —conformado principalmente por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, China y la Unión Soviética— se expandieron sobre todo en el continente americano. La expresión más cruda de esta concepción revisionista y colaboracionista fue elaborada por Earl Browder, entonces secretario general del Partido Comunista de los Estados Unidos. La tesis central de esta concepción inducía a una supuesta desaparición de la lucha de clases y de la lucha antimperialista para iniciar una era de "paz social" e integración del socialismo con el capitalismo.
De otro lado, y, paradójicamente, el recrudecimiento de la ofensiva reaccionaria y neocolonialista encabezada, esta vez, por el imperialismo norteamericano se tradujo en la llamada "Doctrina Truman" y el "Plan Marshall" que vinieron a reemplazar al hitlerismo. No obstante que tal ofensiva contribuía a contrarrestar las ilusiones colaboracionistas y falsamente pacifistas, la influencia browderiana hizo mucho daño y no fue fácil extirparla oportunamente. Hubo que desplegar en cada uno de nuestros países intensa lucha ideológica y política, reivindicadora del marxismo-leninismo aplicado a la nueva realidad de la postguerra.
Con el ingreso de grandes contingentes sociales no proletarios en las filas de los partidos comunistas latinoamericanos, el browderismo encontró un ambiente propicio a su desarrollo, en diversos grados, dentro de los PP.CC. del continente, fenómeno que también tuvo su expresión concreta en el Perú.
Semejante corriente se manifestó dentro de nuestro Partido, incluso en algunos documentos oficiales como, por ejemplo, en el informe político y en algunas de las resoluciones de la I Conferencia Nacional de Organización. Uno de los principales portavoces fue Juan P. Luna, en ese momento máximo dirigente sindical del Partido y diputado por Lima, quien fuera invitado al Congreso del P.C. norteamericano, aprovechando su estadía en Estados Unidos como delegado a un evento sindical de ese país. En el mencionado Congreso del P.C. de los Estados Unidos, Earl Browder desarrolló extensamente su teoría, logrando que el P.C. yanqui se reestructurara en forma de círculos obreros de estudios marxistas. Concepción que Luna intentó trasplantar a nuestro país llegando a proponer también el cambio de nombre del PCP, y la sustitución de su estructura orgánica en la forma propiciada por el browderismo. Es decir, por un modelo virtualmente socialdemócrata, de adherentes y votantes, no militantes, carentes de disciplina y de organización celular y centralismo democrático. Lo que llevaba a confundir, además, la dirección partidaria con la dirección sindical, permitiendo así la readmisión tramposa de aquellos ex dirigentes sindicales que habían sido expulsados por su adhesión incondicional al tránsfuga Eudocio Ravines.
Afortunadamente participaron en aquella Conferencia numerosos camaradas dirigentes y militantes marxistas-leninistas que libraron victoriosa lucha ideológica y política contra la desviación browderista. No obstante que en algunas conclusiones subsistieron remanentes colaboracionistas, la Conferencia terminó derrotando, en lo medular, esa expresión revisionista, con lo cual el Partido conservó su nombre y el carácter revolucionario de su estructura orgánica y el contenido de su actividad.
Estos difíciles temas constituyeron la parte central de las discusiones en el II Congreso. Acerca de la situación internacional, sus resoluciones enfatizaron en la lucha contra la agresividad del imperialismo norteamericano y, en general, contra la nueva ofensiva antisoviética de las potencias capitalistas. No se perdió de vista en esas resoluciones la enorme significación social y política de la victoria de las revoluciones populares y socialistas en algunos países de Europa Central y en Asia, así como la significación excepcional de los avances en la lucha liberadora del antiguo mundo colonial. Y se subrayó, asimismo, debidamente el papel de la Unión Soviética como "baluarte universal de progreso, paz y bienestar".
Por último, el II Congreso definió como tendencia perjudicial la concepción browderista y socialdemócrata de un mundo de postguerra exento de pugnas interimperialistas, entre las propias potencias capitalistas, como entre las fuerzas progresistas, democráticas y revolucionarias y las fuerzas reaccionarias en cada país.
Con relación a la situación nacional, el II Congreso evaluó la importancia trascendental de la victoria popular alcanzada por el Frente Democrático Nacional en las elecciones generales de 1945.
El F.D.N. contó entre sus creadores a nuestro Partido y, de manera especial, a los dirigentes del Comité Departamental de Arequipa: Moisés Arroyo Posadas, Alfredo Mathews, Augusto Chávez Bedoya, Teodoro Azpilcueta y Augusto Salazar. Los contactos iniciales se produjeron con un grupo de personalidades arequipeñas: Javier de Belaúnde, Julio Ernesto Portugal, Manuel Bustamante de la Fuente y otros.
Al conocerse en Lima la iniciativa arequipeña, la Dirección del Partido apoyó la constitución del Frente y estableció vinculaciones directas con el Dr. José Luis Bustamante y Rivero, embajador del Perú en La Paz (Bolivia), para solicitarle que aceptase la candidatura a la presidencia de la República.[6]
Los organizadores del Frente entraron en contacto con Ramiro Prialé (residente clandestino en Arequipa) quien actuaba con el seudónimo de Alfredo Ganoza. Aunque el Apra propuso como candidato al Dr. Rafael Belaunde Diez Canseco —padre del arquitecto Fernando Belaunde Terry—, los demás miembros del núcleo organizador aceptaron nuestra sugerencia y suscribieron una solicitud colectiva a Bustamante y Rivero. La respuesta del Dr. Bastamante, contenida en el denominado Memorándum de La Paz, es un histórico documento que expresa la decisión de enfrentarse a las fuerzas conservadoras dominantes en el régimen de Prado y, asimismo, postula un régimen de "transición reconstructiva" que garantizase el pleno respeto a la soberanía nacional, una democracia auténtica y el inicio de transformaciones profundas en el campo económico político y cultural.
La formación del F.D.N. correspondió a la línea de conducta asumida por el PCP en períodos anteriores. Su antecedente más cercano fue el Frente Popular organizado en el Cusco y apoyado por el P.C. en Arequipa y Puno, e integrado principalmente por nuestra organización y el Apra, para participar en el proceso electoral de 1936. En aquellos años, la Dirección Nacional del Partido se encontraba en manos de dirigentes adictos a Ravines que operaba a control remoto fungiendo de secretario general radicado en Santiago de Chile. Por esa razón, la iniciativa del C.R. del Cusco, impulsada también en Arequipa y Puno, no fue oficializada en Lima ni en el resto del país. En Cusco y Arequipa actuaban desvinculados del Secretariado Nacional los camaradas Jorge del Prado y Arroyo Posadas, respectivamente.
Por entonces, la rápida influencia de masas que obtuvo esta alianza hizo posible la derrota de los candidatos oficialistas de Benavides, los sustentados por el pradismo y, además, a los ultraconservadores de Manuel Vicente Villarán y a los filofascistas de la Unión Revolucionaria. En el Cusco, las primeras mayorías para senadores y diputados favorecieron abrumadoramente al Dr. José Uriel García y a Simón Herrera Farfán, respectivamente: el primero, progresista y amigo del Partido; el segundo, dirigente departamental del PCP y destacado organizador y dirigente obrero y campesino, muerto años más tarde por efecto de las torturas, estando preso, bajo la dictadura de Odría.
Los comunistas de Arequipa y Cusco, protagonistas de estas dos experiencias positivas en nuestra política de frente único, formaban parte de la misma corriente sana que —al igual que en Lima, Callao, Junín y Andahuaylas— mantenían viva la organización sindical clasista en semiclandestinidad, su influencia partidaria en el campo y en el movimiento popular, luchando por las reivindicaciones de los obreros, los campesinos, los estudiantes y la población urbana pobre. Estas fuerzas lograron salvar al Partido del empantanamiento a la que fue arrastrada, durante varios años, por el grupo ravinista la Dirección Nacional y que pretendió hundir también, sin éxito, al resto del Partido.
El II Congreso denunció tanto a las empresas imperialistas y oligárquicas como la capitulación del Apra y de su mayoría parlamentaria. En aplicación de esta línea, el Partido combatió contra el proyecto parlamentario aprista en torno a la "Ley de Imprenta", y también contra el entreguista "Contrato de Sechura", mediante el cual el partido de Haya pretendió ensanchar el dominio monopólico de la imperialista International Petroleum Co., filial de la Standard Oil Of New Jersey (EE.UU.), sobre nuestros recursos naturales. El 7 de diciembre de 1945 la lucha contra el proyecto de Ley de Imprenta, conducida por nuestro Partido, culminó en una sangrienta jornada protagonizada en el Parque Universitario y la Plaza San Martín, entre la bufalería aprista y los contingentes del PC aliados a otras fuerzas. Nuestro pueblo logró de esa manera que el presidente Bustamante vetara esta ley aprobada por la mayoría parlamentaria aprista. En documento aparte informaremos sucintamente los incidentes de esta jornada realmente heroica y victoriosa.
En lo que atañe a la construcción del Partido, se subraya su impetuoso crecimiento desde el anterior Congreso, pero —al mismo tiempo— crítica enérgicamente las formas inconsistentes de ese desarrollo, en base a simples solicitudes escritas, individuales y sin organización, de reclutamiento de nuevos militantes y la tendencia a reemplazar la vida celular por el "asambleísmo".
No obstante esos nuevos factores defectuosos pero positivos en la corrección de nuestra línea política y nuestro desarrollo orgánico, la novena conclusión considera justa la política de "Unidad Nacional", propiciada por el Primer Congreso, aunque la refiere, ahora, no a un entendimiento entre las fuerzas políticas del campo popular con las fuerzas proimperialistas y reaccionarias, sino sólo a la unidad antimperialista para alcanzar la independencia de la patria.
A partir de esta concepción se incurre, sin embargo, en el grave error —producto de transplantes mecánicos— de involucrar todos los aspectos correctos de la línea clasista a trazarse como parte integrante de la "Unidad Nacional". El Congreso reitera y da mucha más fuerza y perspectiva a la necesidad de convertir a nuestra organización en un gran partido de masas realmente revolucionario. Y, como corolario de todo esto, excluye del Comité Central del Partido a Juan P. Luna y a otros remanentes del ravinismo, algunos de los cuales actuaron descaradamente de agentes de dicha tendencia y de la derecha oligárquica en ese evento, mereciendo así su inmediata y pública expulsión.
Entre el Primer y Segundo Congreso el trabajo partidario de masas se tradujo no sólo en un acelerado crecimiento numérico de la militancia, como ya hemos dicho, sino también en el comienzo de la reactivación de la central sindical proyectada por nosotros como heredera de la primera CGTP en nuevas condiciones. La cual tomó el nombre de Confederación de Trabajadores del Perú (CTP) con el objeto de darle una imagen más amplia que la C.G.T.P. dirigida anteriormente casi exclusivamente por comunistas. Decisión necesaria y oportuna si consideramos que al promediar la década del 40, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el proletariado nacional creció significativamente a consecuencia de la ampliación de las actividades extractivo-exportadoras e industriales y se intensificó, casi siempre por iniciativa de los comunistas, pero con la concurrencia de dirigentes sindicales apristas y sin partido el proceso de formación de sindicatos y federaciones. Se multiplicaron, además, las demandas reivindicativas de la clase obrera, al punto de llegar a decretar —aunque sin mucho éxito— un Paro General (octubre 1944); y se establecieron relaciones orgánicas con el movimiento sindical latinoamericano por intermedio de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL), fundada en 1938, con sede en México y dirigida por Vicente Lombardo Toledano. En esta coyuntura y al calor del desarrollo partidario y de su creciente influencia de masas, se conquistó por primera vez la legalidad del PCP, con el nombre de Vanguardia Socialista del Perú, denominación adoptada por exigencias de la Ley Electoral de la época figurando entre paréntesis el nombre real del Partido. En el mismo contexto, los comunistas logramos la elección de cuatro diputados militantes y cuatro senadores simpatizantes y amigos en los comicios de 1945.[7]
De muy grave y amenazadora puede y debe calificarse la situación política que tuvo que enfrentar el Tercer Congreso Nacional, realizado en agosto de 1948.
Estremecían al mundo los vientos de la "Guerra Fría", empujada por la "Doctrina Truman", nacida ésta del mismo cerebro que ordenó el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. El Partido Aprista y su mayoría parlamentaria acentuaban en ese contexto su posición proimperialista —Haya de la Torre fue uno de los primeros en dar su aval a los planes de dominación norteamericana diseñados por la "Doctrina Truman"— y, consecuentemente, aunque en forma indirecta fue creciendo desde el mismo día de la victoria electoral del F.D.N. la tendencia sectaria, prepotente, exclusivista y excluyente del APRA, o "Partido del Pueblo". Su propósito era desplazar lo más pronto posible del gobierno real al presidente Bustamante, transfiriendo las atribuciones del Poder Ejecutivo al Poder Legislativo con el artificioso argumento de que era el primer poder del Estado.
El presidente Bustamante resultaba en realidad un obstáculo para el Apra, tanto por el veto a la "Ley aprista de Imprenta" como por el frustrado "Contrato de Sechura". Pero la reacción civil y militar creyeron conveniente en aquellos días oponerse tanto al control de cambios impuesto por Bustamante como al Contrato de Sechura que auspiciaba el Apra. Y esa doble presión civil y militar no tardó en canalizarse en pro de un golpe de Estado.
La inestabilidad del gobierno del presidente Bustamante, que no se decidió a apoyarse en un movimiento popular influido por los comunistas, hizo que confluyeran ambos factores, sumándose a una aguda crisis económica y al creciente descontento popular. En tales condiciones, se produjo el 7 de enero de 1947 el asesinato del director de "La Prensa", Francisco Graña Garland, industrial peruano opuesto al "Contrato de Sechura"; y más adelante, el putch aprista del 3 de octubre de 1948 encabezado por el sector más avanzado de militares y civiles de ese partido, que inició el levantamiento de la escuadra del Callao y produjo varias escaramuzas de la misma naturaleza en Lima, sin apoyo directo del CEN del Apra y sin un plan de acción simultáneo en el resto del País.
El presidente Bustamante, por las razones antedichas, rompió sus relaciones de frente único con el Partido Aprista y lo ilegalizó poco después. Para entonces ya estaban muy avanzados los planes golpistas de la ultraderecha, tarea en la que trabajó inescrupulosamente el general Odría desde el cargo de ministro de Gobierno y Policía que desempeñó entre enero de 1947 y junio de 1948. Simultáneamente, los sectores antiapristas en el parlamento, encabezados por senadores reaccionarios, mantuvieron con creciente despliegue propagandístico una especie de huelga legislativa que favoreció, finalmente, a los proyectos desestabilizadores de la denominada Alianza Nacional, cristalizados en el golpe de Estado del general Odría.
El golpe fascistizante de Odría acabó de esa manera con una corta y contradictoria "primavera democrática". Tan siniestro desenlace, producido el 27 de octubre de 1948, ensombreció desde ese día de manera ascendente durante ocho años consecutivos, el estrecho escenario democrático conquistado en 1945 bajo la influencia internacional de la victoria sobre el nazifascismo y de la fuerza de organización y combatividad del proletariado y el pueblo peruano.
Nuestro Partido, por consiguiente, tuvo que librar lucha en dos frentes: contra los sectores ultrarreaccionarios golpistas y contra la dictadura parlamentaria del Apra, orientada fundamentalmente a debilitar al gobierno de Bustamante y a someter a todas las otras fuerzas incluyendo a la representación comunista. Lucha tanto más difícil cuanto debió enfrentar, también, maniobras fraccionales internas, influidas por Juan P. Luna y los remanentes del ravinismo, cuyos cabecillas no pudieron ocultar, además, sus temores a la represión anticomunista que podría producirse en tales circunstancias.
Estas acciones instrumentaban, en el interior del PCP y a través de un siniestro contubernio de Juan P. Luna con el pradismo, los planes golpistas encuadrados, en última instancia, en la neocolonialista "Doctrina Truman" difundida ya en todo el continente por el Departamento de Estado yanqui.
Una vez más, el archiconocido traidor Ravines ejerció el papel desorientador y desmoralizador del pueblo a favor de la derecha y el imperialismo. Desde su semanario denominado "Vanguardia", financiado por el pradismo, y a través de otros medios de comunicación de masas, empleando un lenguaje seudorrevolucionario, alimentaba la idea de que el Apra constituía el enemigo principal y que la oligarquía —agrupada en la Alianza Nacional— debería ser nuestra aliada en aquel periodo.
Juan P. Luna, marginado del PCP, propagandizó esta línea y coordinó con Ángel Marín, entonces dirigente del Comité Departamental de Lima, para realizar un falso XIV Congreso de esta circunscripción. En dicho evento amañado surgió, en forma de conclusiones, un documento plagado de calumnias —ampliamente difundido por la prensa amarilla— que servirla, más tarde, y aun sirve como fuente de consulta y "testimonio" de nuestros enemigos abiertos y también de algunos grupos de la llamada "nueva izquierda".
Marín, redactor de semejante engendro, fue descubierto, meses después del golpe castrense de Odría, como agente policial y como responsable de la entrega, a las dependencias represivas, de los archivos del Comité Departamental de Lima y de las fichas de inscripción de siete mil militantes, depositados en casa de un artesano apellidado Olivera, cómplice de semejante felonía.
De otra parte, unos pocos representantes comunistas, cargados de antiaprismo en el curso de los debates parlamentarios y no exentos de ambiciones reeleccionistas, comenzaron a corear la tesis ravinista sobre el Apra como enemigo fundamental, coincidiendo así —sin quererlo— con la oligarquía, aliada directa del imperialismo y atizadora del golpe fascista de Odría denominado, significativamente, "restaurador". Golpe que —reiteramos— fue financiado por la oligarquía agraria, industrial y banquera, encabezada por Pedro Beltrán y Manuel Prado.
Ciertamente, los trabajadores y otros sectores populares carecían de motivos favorables al Partido Aprista. Durante el gobierno del F.D.N., este partido había atacado cotidianamente y en forma bandidesca las asambleas sindicales y las movilizaciones y locales del PCP para imponer su voluntad. En tales condiciones, los dirigentes sindicales estaban impedidos de hablar en las reuniones de carácter reivindicativo. Los "búfalos" apristas actuaban "a cachiporrazo limpio" y a balazos contra sus opositores. Estas pandillas sembraban un terror fascistizante que fue transformándose en poderoso factor político antigubernamental contra el Apra hasta el punto de confundir a vastos sectores de la población respecto a quiénes eran los principales adversarios del Perú y su pueblo.
En semejante ambiente se llevó a cabo el Tercer Congreso de nuestro Partido. De allí que el principal tema en torno a la línea política consistió en precisar cuál era el enemigo principal que debería centrar nuestra lucha. Para la mayoría del Comité Central resultaba indudable que tales adversarios se situaban en la derecha oligárquica latifundista y financiera, culpables del atraso social y la dependencia del imperialismo. Enemigos representados entonces políticamente por la Alianza Nacional que mangoneaba Pedro Beltrán, latifundista de Cañete, gran exportador algodonero vinculado indisolublemente al mercado norteamericano y dueño del diario "La Prensa". Ninguna modificación sustantiva podría realizarse en la estructura económico-social ni en la esfera del respeto a las libertades democráticas sin derrotar a las fuerzas conservadoras y entreguistas con todo el lastre negativo, antipopular y antinacional que venía obstruyendo secularmente el desarrollo de la sociedad peruana.
Una minoría no muy cuantiosa del Comité Central consideraba, en cambio, que el enemigo más peligroso lo encarnaba el Apra, en razón de su conducta en el Parlamento y en la parte que le correspondía en el gobierno del FDN. Pese a las contundentes argumentaciones en contra, esta posición encontró apreciable acogida tanto de una parte del Comité Central saliente como de los delegados de los comités departamentales procedentes de todo el país. Se trató de una desviación política, determinada fundamentalmente por sentimientos justificados de repudio al abuso de poder y no por una evaluación correcta de la realidad en el contexto histórico que vivíamos y de sus perspectivas de desarrollo. Era una reacción emotiva ajena al análisis científico marxista-leninista del periodo referido.
Como consecuencia de estos enfrentamientos, las resoluciones políticas del Congreso devinieron ambiguas y contradictorias. Al caracterizar la estructura socioeconómica del país, el certamen reconoció como principal obstáculo de la transformación social a la oligarquía retardataria y dependiente. Pero, al mismo tiempo, señaló al Apra como el agente político más directo del imperialismo norteamericano y, consecuentemente, como el enemigo principal de nuestro pueblo.
Se dio así, un resultado muy contradictorio y extraño en la historia de nuestros más importantes eventos partidarios. Se enfrentaban, por primera vez, el contenido coyuntural o táctico de nuestra lucha revolucionaria con el contenido estratégico o estructural. Internamente esto se tradujo en la imposibilidad de llegar a un claro deslinde de posiciones para la elaboración de nuestra línea correspondiente al período que vivíamos y debíamos afrontar en un futuro inmediato.
Si se hubiera rechazado, en su totalidad, las posiciones erradas imbuidas de inmediatismo y sectarismo antiaprista, habríamos corrido el riesgo de provocar una escisión a la cual se hubieran sumado muy probablemente destacados dirigentes obreros y un numeroso contingente de cuadros populares y activistas equivocados pero honestos.
Y si, por el contrario, se hubiera aceptado, también de manera total, las posiciones de ese sector, habríamos incurrido en gravísimo error estratégico que se habría hecho sentir negativamente, presentando al PCP como cómplice al producirse —poco después— el golpe "restaurador".
Este angustioso dilema operaba en el mismo instante en que ganaban terreno los golpistas, y cuando acabamos de enfrentar una acción fraccionalista alentada y manipulada precisamente por los agentes del odriísmo y el pradismo infiltrados en nuestra organización. Movimiento fraccional que culminó, como ya hemos dicho, en un seudocongreso antipartido perpetrado en Lima.
Por ello, el Tercer Congreso se vio obligado a dedicar gran parte de su tiempo al problema interno y disciplinario. Sin embargo, tuvo el mérito especial de haber elaborado una plataforma programática mejor concebida que en los congresos anteriores. Y previó, asimismo, con gran claridad, las perspectivas golpistas que se evidenciaría después del frustrado movimiento aprista del 3 de octubre de 1948. Ante esa eventualidad, el Congreso previno al Partido sobre la necesidad de montar un aparato clandestino y la continuidad de su acción de masas en el terreno legal.
A la solución de las contradicciones internas correspondió también —lo admitimos autocríticamente— una composición heterogénea e inestable del Comité Central electo en el Congreso. Se dio el caso paradójico de que los portavoces del antiaprismo a ultranza, derrotados parcialmente en sus posiciones políticas, obtuvieron las votaciones más altas mientras que los camaradas que combatimos esa desviación confusionista y peligrosa ingresamos a él con una baja votación. De este modo, la nueva Dirección Nacional resultó con apreciable número de camaradas inexpertos e inmaduros, y débil en su conjunto. Los tiempos que habrían de sobrevenir a las pocas semanas se encargaron de poner esto en trágica evidencia.[8] No todos los dirigentes electos se mantuvieron firmes y consecuentes frente a los duros embates de la dictadura. Tampoco estuvieron en condiciones, la mayoría de ellos, de organizar un adecuado trabajo clandestino.
Pese a todo, algunos cuadros tanto del Comité Central como de las dirigencias departamentales e intermedias, apoyados por la mayoría de militantes de base, lograron que el Partido realizara exitosamente grandes y heroicos esfuerzos por afrontar las circunstancias políticas adversas, por preservar nuestra invalorable vinculación orientadora en el movimiento obrero y popular y por continuar así una lucha que, a la larga, significó decisiva contribución a la derrota del llamado "ochenio" dictatorial odriísta.
Y, a pocas semanas de terminado el Congreso, el Comité Central electo tuvo el acierto de pronunciarse, inmediatamente después del golpe de Odría —como no lo hizo ninguna otra fuerza política—, condenándolo enérgicamente y caracterizando al gobierno impuesto como una dictadura derechista al servicio del imperialismo norteamericano y la oligarquía criolla.
En el próximo tomo comentaremos lo ocurrido en la política nacional y en el PCP entre el cuarto y el sexto congresos nacionales (1962-1973).
Lima, junio de 1989
JORGE DEL PRADO CHÁVEZ
Secretario General del PCP y Senador de la República
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NOTAS:
(1). Ricardo Martínez de la Torre. "Apuntes para una interpretación marxista de la historia social del Perú". Editora Peruana S.A., T. II, p. 400, Lima, 1948.
(2). Ibid., pág. 401.
(3). Jorge del Prado, "Cuatro facetas de la historia del PCP", Ed. Unidad, Lima 1987, pp. 114-123.
(4). Léase, como ejemplo, la carta de denuncia contra el comportamiento traidor de Ravines en las jornadas mineras del Centro y la masacre de Malpaso, firmada por Moisés Espinoza y Jorge del Prado, y publicada en el cuarto tomo de Martínez de la Torre, op. cit., pág. 123-126.
(5). Al poco tiempo de llegar al gobierno, Prado decretó la libertad de Nicolás Terreros —que terminó en la otra orilla— mientras que, en el caso del c. Jorge del Prado, exigió que cumpliera, hasta el último día, la condena impuesta por los tribunales militares en 1938. A lo largo de este nuevo gobierno, el c. Del Prado fue recluido en prisión en tres oportunidades, y el vocero del PCP —"Democracia y Trabajo"— fue clausurado varias veces.
(6). El c. Jorge del Prado fue destacado por el PCP para reforzar la iniciativa del C. Departamental de Arequipa. Sus relaciones de paisanaje y amistad familiar con el Dr. Bustamante ayudaron a un mejor entendimiento político, que se reflejó tanto en la aceptación de la candidatura presidencial como en el contenido del "Memorándum de La Paz".
(7). Los diputados comunistas electos fueron Sergio Caller y José Jacinto Paiva por el Cusco, José Macedo Mendoza por Puno y Gustavo Gorriti por Arequipa. Los senadores amigos fueron los doctores José Uriel García y Rafael Aguilar por el Cusco, José Antonio Encinas por Puno y Luis Enrique Galván por Lima.
(8). Es así como el diputado José Macedo Mendoza que, no obstante sus honrosos antecedentes, encabezó en el Congreso una visceral posición antiaprista, fue el únicocandidato elegido al Comité Central por unanimidad; en tanto que, Jorge del Prado, secretario general provisional y portavoz de la lucha prioritaria contra la derecha oligárquica y entreguista, alcanzó la más baja votación. El Comité Central electo procedió luego a elegir secretario general al dirigente obrero textil Manuel Ugarte Saldaña. Del Prado fue elegido secretario nacional de Organización, pero la implacable persecución odriísta a su persona, su precaria situación económica y la grave enfermedad tuberculosa que afectó a su hijo mayor José Carlos, cuando tenía apenas cinco años de edad, determinaron que el C.C. lo destacara a Arequipa en salvaguardia de su seguridad y en busca de mejores condiciones económicas y de salud para su hijo. En 1951 fue apresado en esa ciudad y deportado a la Argentina.
Al convocar elecciones generales amañadas, en 1950, José Macedo Mendoza contó con apoyo gubernamental para su reelección de diputado por Puno y el camarada Manuel Ugarte, preso en la redada odriísta de 1953, quebró su entereza frente a las torturas policiales y fue separado del Partido, por eso, al salir de la prisión.