Emitido: 24 de febrero 1851.
Fuente de la versión al español: Marx, Karl & Friedrich Engels. Biografía del Manifiesto Comunista: El Manifiesto y los textos que precedieron y explicaron el primer programa del comunismo científico. Madrid, Ediciones Tinta Roja, 2024; págs. 278-281.
(En
traducción de Wenceslao Roces)
HTML: Juan Fajardo, para marxists.org, marzo
de 2026.
¿Qué roca amenaza a la inminente revolución? La misma contra la que se ha estrellado la anterior: la deplorable popularidad de los burgueses disfrazados de tribunos del pueblo.
Los Ledru-Rollin, los Louis Blanc, los Lamartine, los Flocon, los Cremieux, los Marie, los Gamier-Pages, los Albert Dupont, los Arago, los Marrast.
¡Triste lista! ¡Nombres todos que están estampados con letras de sangre sobre el pavimento de las calles de la Europa democrática!
El Gobierno provisional ha estrangulado la revolución. Sobre su cabeza cae, Integra, la responsabilidad de todos los actos funestos, de la sangre de tantos miles de víctimas.
Cuando la reacción ahoga a la democracia no hace más que cumplir con su oficio. Los criminales son los traidores que entregan maniatado a la reacción al pueblo confiado a su caudillaje.
¡Miserable gobierno! Pese a todas las advertencias, pese a todas las suplicas, implanta el impuesto de los 45 céntimos, que alza contra el a las masas campesinas presas de desesperación. ¡Traidores!
Mantiene en vigor el alto mando militar de la monarquía, los tribunales monárquicos, las leyes monárquicas. ¡Traidores!
El 6 de abril arrolla a los obreros de Paris, el 26 lleva a la cárcel a los de Limoges, el 27 ametralla a los de Rouen.
Lanza contra ellos a los verdugos, acosa, instiga, calumnia a los verdaderos republicanos. ¡Traidores! ¡Traidores!
Ellos, y solo ellos, son los responsables de toda esta catástrofe que ha determinado la caída de la Republica.
Grandes fueron sus crímenes. Pero los más criminales de todos los criminales son aquellos en quienes el pueblo, fascinado a fuerza de frases, cree ver su escudo y su espada y a quienes aclama, entusiasmado, por dueños y señores de sus destinos.
¡Ay de nosotros si el día de nuestro próximo triunfo la magnanimidad olvidadiza de las masas vuelve a encumbrar en el Poder a esas gentes que no han hecho más que abusar del mandate) que les otorgara la revolución! Otra vez la revolución volvería a estrellarse.
Que los obreros no pierdan jamás de vista esta lista de nombres malditos. Y si alguno de ellos, uno solo, vuelve a alzar cabeza con un gobierno nacido de la sublevación, todos deben gritar unánimemente: ¡Traición!
Los discursos, las promesas', los programas, volverían a ser engaño y mentira. Los mismos charlatanes volverían a lucir las mismas trampas habilidosas. Serian otra vez el primer eslabón de una nueva cadena de hechos brutalmente revolucionarios. ¡Que la maldición y la venganza caigan sobre sus cabezas si algún día osan volver a levantarlas! ¡Y caiga también la vergüenza y el desprecio sobre la muchedumbre flaca de memoria que vuelva a prestarles oídos!
No basta arrojar de la Casa de la Villa a los. charlatanes de febrero, es menester precaverse contra los nuevos traidores. Sera un traidor todo gobernante que, elevado sobre el paves por el proletariado, no proceda inmediatamente a implantar las siguientes medidas:
1. Desarme de las guardias cívicas.
2. Armamento y organización de milicias nacionales, formadas por toda clase de obreros.
Claro está que no es esta la única medida que ha de adoptarse, pero si la primera, garantía de todas las demás y única salvaguardia para el pueblo.
Ni un solo fusil debe quedar en manos de los burgueses; de otro modo, no habrá salvación.
Las diversas doctrinas que hoy se debaten por conquistarse el favor del pueblo solo podrán realizar la mejora de su bienestar, que se proponen y prometen, si no dejan que se pierda lo conquistado por un fantasma.
Estas doctrinas darán ruidosamente en quiebra y el pueblo, llevado de su exagerada predilección por las teorías, se verá seducido a olvidar el único factor práctico del triunfo: la fuerza.
Armamento y organización: he ahí las armas decisivas del progreso, he ahí el medio más eficaz para poner fin a la miseria y a la opresión.
Quien tiene hierro, tiene pan. Ante la bayoneta no hay quien se doblegue, más las muchedumbres desarmadas se conducen como rebaños. Una Francia henchida de obreros armados significa el triunfo del socialismo.
Ante proletarios apoyados en sus fusiles se evaporan y reducen a la nada todas las dificultades, todas las imposibilidades, todas las resistencias.
Pero si los proletarios no saben más que divertirse en manifestaciones callejeras, plantando «arboles de la libertad», escuchando discursos de abogados, ya se sabe la suerte que les espera: primero, agua bendita; luego, insultos, y, por último, un plato de judías verdes. Y siempre la miseria. ¡Que el pueblo elija!